JOAN SURROCA I SENS: Un objetor del crecimiento.


(ENTREVISTA PUBLICADA EN EL Nº 73 DE “UTOPIA”, LA REVISTA DE L@S CRISTIAN@S DE BASE)
Os ruego me permitáis –sufridos lectores/as- que empiece esta entrevista con unas notas biográficas de Joan, de esas que no suelen aparecer en Google o en la Wikipedia, aunque exceda un pelín nuestras propias recomendaciones de extensión.
Lo que sí podemos encontrar es que Joan Surroca i Sens es ampurdanés y que nace en 1944 en Torroella de Montgri, en el seno de una familia de comerciantes, que estudió Derecho e Historia, o que ha sido profesor, así como director de tres museos en Cataluña. También que fue concejal en una legislatura y diputado al Parlament de Catalunya en otra. Que ha escrito numerosos libros y artículos o que ha recibido varios premios como el Memorial Juan XXIII de la Paz.
Lo que quizá no es fácil saber, aunque como a mí me lo ha contado, -y soy muy poco discreto- ya os lo cuento yo, es que a los 17 años se paró a pensar sobre el sentido de la existencia y escribió algunas reflexiones -que aún conserva- en las que buscaba objetivos de vida y desde aquel momento, sigue persiguiendo lo mismo que se propuso. Que vive resignadamente la certeza –según confiesa- de que jamás podrá tener la claridad del lado oscuro, sagrado, o trascendente de la vida; que esa persistente marcha le lleva a menudo, como si se tratara de un laberinto, a callejones sin salida, pero que lo atractivo –según él- es compartir, con caminantes inquietos que se cruza en el camino, e intercambiar con ellos orientaciones de rutas. Por eso nos aseguraba que “La vida es mucho más llevadera cuando se vive comunitariamente”.
No se suelen encontrar datos como que la música es su medicina, que ha compaginado los trabajos y la política con actividades sociales en ONGs y asociaciones diversas, o que como también nos confesaba: “de cada cien batallas, solamente ha ganado cinco. Pero que eso, es un éxito”. Tampoco que fue promotor de la primera manifestación ecológica en Catalunya, que consiguió ser declarado no culpable por el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya en su actitud de objetor fiscal, o salir airoso en una lucha popular contra el entonces presidente francés George Pompidou… Por eso nos decía que “para tener la sensación de haber ganado las cien batallas solamente hace falta el coraje para organizar dos mil”.
Y ya por no ser más pesados recoger finalmente que aunque él se muestra insatisfecho porque dice, “queda mucho por hacer y se desvanece la idea ingenua de juventud de dejarlo todo arreglado al morir (…), no sería sano no tener un rinconcito para la satisfacción”. Espero que me perdone por desvelaros su satisfacción: “no haber dimitido a lo largo de 50 años de lucha, de utopía y de trabajos concretos para construir el Reino de Dios” –confesaba modestamente-, mas con deficiencias, decía haberse sentido llamado a ejercer esa llamada con “entusiasmo” (que en griego significa tener un Dios dentro) y que eso es lo que le ayudaba y animaba a seguir.

La crisis, ¿es una oportunidad? ¿Para quién?
Krinein es una palabra griega que significa a la vez crisis y oportunidad. Esta crisis no es nada trágico, depende. Puede ser un fastidio para los olvidados de este mundo, pero es una oportunidad para crecer en humanidad y para ello hay que decrecer económicamente.
O sea, que lo del “desarrollo sostenible”, un “oxímoron” que diría Arcadi?.
No es posible la cuadratura del círculo, como muchos embaucadores nos quieren hacer creer. La crisis actual es una crisis coral: económica, ecológica, financiera, de valores, política, religiosa… Aquí hay tres novedades: por primera vez en la historia de la humanidad, el planeta no puede abastecer nuestras demandas; los logros científicos sin su correspondiente control ético pueden conducir a una catástrofe, y la carrera armamentística, con 27.000 cabezas nucleares almacenadas, tiene el potencial para hacer desaparecer la humanidad y la vida toda del planeta. Saber conducir estos tres grandes retos inéditos sin que medie una tragedia requiere, además de la siempre necesaria suerte, un cambio fenomenal.
¿Existen alternativas solidarias a la crisis?
La alternativa hay que saber buscarla entre todos. No hay lugar para iluminados o populistas (el gran peligro actual). Necesitamos debate, participación, transparencia, renovación política en los personajes y en sus formas. Si participamos, ganaremos la partida, pero hay un empeño enorme para dejarnos permanentemente drogados, atontados. No hay lucidez porque no hay reflexión. No se dispone de tiempo para dejar hablar al silencio. El debate, tan necesario, desaparece porque algunos confunden la democracia como algo que confiere a los elegidos una especie de superioridad automática. No escuchan mientras ocupan el cargo. Las próximas crisis aparecerán cada vez más a menudo y serán más difíciles de superar. Desde mi punto de vista no hay otra salida que un cambio profundo de los valores. Tolstoi lo dejó muy claro: “Todos queremos cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”.
¿Qué relación tiene el decrecimiento con la crisis sistémica actual?
El planeta se halla en una situación muy delicada, en estado de emergencia, porque el sistema se basa en el consumismo enfermizo para poder subsistir. Si todos consumiéramos con la misma voracidad que los habitantes de Estados Unidos de América, necesitaríamos cinco planetas para abastecernos y colocar los deshechos. Hoy hablamos de ecocidio porque cada día desaparecen entre 50 y 200 especies animales y vegetales entre otras irresponsabilidades humanas. Pero también es un verdadero genocidio lo que la humanidad lleva a cabo. ¿De qué otra forma llamar al hecho de que cada día mueran 60.000 personas por no tener lo esencial para sobrevivir? Mantener este ritmo de consumo implica asegurarse nuevos puntos del planeta para extraer energía y materias primas. Y esto se hace provocando guerras y conflictos entre culturas.
Lo que le viene de perlas a los mismos culpables de generar esta situación, ¿verdad?
Claro, los generadores de esta dinámica infernal, tienen así pretextos para cercenar libertades, imponer controles, sembrar miedo, cambiar los sistemas educativos y anular las voces críticas en sus medios de comunicación. Si ahora la demanda humana está superando la biocapacidad, es obvio que nos preguntemos: ¿Qué ocurrirá cuando los países emergentes como China, India o Brasil, quieran emular nuestras cotas de consumo? ¿Cómo pensar que nada va a ocurrir cuando a principios del siglo XIX la población mundial era de 1.000 millones de personas, ahora somos 6.800 millones y el año 2050 es posible que superemos los 10.000?
Define esa filosofía del decrecimiento en dos o tres puntos.
Primero: disminuir la producción económica y así lograr una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Segundo: favorecer un mejor entendimiento entre los seres humanos. Tercero: un reparto de los frutos de la Tierra equitativo.
¿Algo más a tener en cuenta?Sí, que el decrecimiento es un movimiento que no admite liderazgos, ideologías cerradas, ni banderas a seguir. Es más bien un marco que da acogida a todas las personas y grupos alternativos al actual sistema capitalista.
¿Qué tiene que ver el decrecimiento con eso de la huella ecológica?
La Huella Ecológica es un parámetro que sirve para medir objetivamente la demanda de la humanidad sobre la biosfera en términos del área de tierra y mar biológicamente productiva requerida para proporcionar los recursos que utilizamos y para absorber nuestros desechos. Puede hacer referencia a todo el planeta o bien limitarse a calcular un área concreta, sea un estado, una región o una ciudad. Gracias a ella podemos tratar con mucha más fiabilidad los temas de sostenibilidad. La Huella nos muestra, como una fotografía, la realidad y al ver los resultados tan preocupantes, han nacido grupos de apoyo a este movimiento no muy definido y plural que es el decrecimiento.
Pero el decrecimiento no plantea volver a la época de las cavernas, ni vivir peor, ¿cierto?Al contrario, una sociedad que apueste por la sencillez voluntaria se verá beneficiada automáticamente por un sin fin de satisfacciones. Disminuirán las preocupaciones y neurosis propias de la sociedad competitiva hasta el extremo, consumista sin fin y sin tiempo para gozar de las vivencias que dan sentido a la existencia. Olvidamos que el ser humano, además de unas necesidades básicas materiales, tiene que satisfacer necesidades inmateriales. Nos cuesta más comprender estas últimas porque son necesidades intangibles, abstractas. No tenemos medidores para saber cómo vamos de afecto, creatividad, reconocimiento, disfrute de la amistad, etc.
O sea que tenemos que replantearnos nuestro sistema de vida, porque ya no tenemos margen y la tierra parece que ya dice ¡Basta!
Exacto. No hay margen, y cuanto más tardemos, más cargaremos sobre las espaldas de las futuras generaciones el esfuerzo que requiere reequilibrar nuestros excesos. Deberíamos tener más despierta la responsabilidad intergeneracional. Hay que tener respeto hacia los que nos precedieron y nos dejaron un mundo habitable y respeto hacia las generaciones que tienen derecho a un planeta bello y equilibrado. La velocidad de nuestro tren de vida es tan exagerada que, aunque se diera el caso de ponernos de acuerdo para llegar a unas formas de vida más humanas, el frenazo duraría muchos años antes de que lográramos superar la fase del endeudamiento ecológico.
Vamos, que de recuperarnos en este siglo, después del fracaso de la cumbre de Copenhague, nada.
En el mejor de los casos, se hablaba de que hasta el año 2040 la Tierra no producirá nuevamente por encima de la demanda y, por tanto, no estará en condiciones de volver a generar un saldo positivo de su biocapacidad. Pero efectivamente hoy son unas probabilidades harto difíciles dada la poca capacidad para coger el toro por los cuernos, que hemos visto en las cumbres recientes.
¿Cabe el decrecimiento dentro del capitalismo?
El decrecimiento, no se entiende dentro del sistema capitalista porque éste se basa en crecer infinitamente y no puede parar. Es como quien va en bicicleta; puede mantener el equilibrio parado unos segundos, pero al final pondrá un pie en el suelo. Dejar de crecer económicamente quiere decir crecer en otros sentidos.
¿Entonces habrá que trabajar menos, por ejemplo?Nuestra cultura se basa en el trabajo como realización. Pero el trabajo no es la vida. Es una obviedad que no tenemos tiempo para nada: la familia está pagando muy caro este modo de vida. No hay tiempo para la educación de los hijos, todo se traslada a la escuela y claro está que la escuela no puede suplir lo que es propio del ámbito familiar. Las generaciones de los mayores no tienen contacto con los pequeños y esto es simplemente un despilfarro que no nos lo podemos permitir. Los abuelos siempre han transferido a los pequeños una serie de valores que son muy útiles para su buen desarrollo. No hay tiempo para la creatividad ni para la celebración. Una sociedad que reduzca drásticamente la jornada laboral volverá a poner su metrónomo al compás humano. Mi esperanza es observar que cada vez hay más grupos, aún minoritarios, que prefieren una vida más sosegada aunque sea ganando algo menos y viven mucho mejor.
¿Es suficiente con que revisemos individualmente nuestro consumo? Revisar nuestro consumo es un ejercicio de responsabilidad. Cada persona puede mejorar ciertos hábitos y debería hacerlo como si de ella dependiera la salvación del planeta. Pero, con ser imprescindible no es suficiente. Si no hay conciencia social puede aparecer el llamado efecto rebote, es decir, en mi casa pongo bombillas de bajo consumo, construyo una cisterna para recoger aguas pluviales, instalo placas solares en el tejado, cambio mi caldera por otra de biomasa, etc., con lo que produzco unos efectos ecológicos beneficiosos y, además, me ahorro dinero; pero si con ese dinero ahorrado como resultado de unas buenas prácticas, cojo un avión al Caribe, con el CO2 emitido, habré superado muchísimo todo el que con tanto esfuerzo había reducido durante el resto del año. Lo sensato es que en lugar de primar los ingresos se priorice el tiempo libre (siempre que se tengan las necesidades básicas cubiertas, claro está). Ganar algo menos que ponga coto al consumo para gozar de la vida en actividades que no tienen ningún coste y son las más gratificantes.
¿ Entonces es primordial un cambio en la producción?.
Claro que no es suficiente reducir el consumo porque, si no hay soluciones políticas, la ciudadanía se desmoraliza y difícilmente hará un esfuerzo ahorrativo en el consumo, excepto los militantes que son minoría. Si Copenhague ha sido un fracaso a pesar de la urgencia que había en variar las políticas, ¿cómo van a pedir cambios de hábitos a los ciudadanos? Si pretendemos que la micro economía funcione también hay que dar ejemplo desde lo macro. Es más, los políticos mandan mensajes absolutamente contradictorios. Para salvar la crisis, dicen siempre que pueden, hay que consumir. O sea que sí hay que cambiar la producción. Si variar el consumo es harto difícil, mucho más es construir una nueva sociedad basada en otro sistema productivo. Precisamente porque median intereses egoístas de los grandes grupos económicos multinacionales que rigen la política real de los estados. Algunas multinacionales facturan más que el PIB de algunos países. Sólo podremos hacer frente a estos colosos si nos damos cuenta que hay que movilizarse, salir a la calle para poner fin a la más cruel de todas las guerras.
¿ Concreta algunas propuestas mas y dinos si podemos ser optimistas de cara al futuro?.Repartir el trabajo para evitar, además de los beneficios comentados, una sociedad dual con la mitad de los ciudadanos en permanente situación de trabajo precario o en paro. Modificar los sistemas de transportes, que eliminen grandes trayectos innecesarios, tanto de personas como de mercancías. Favorecer la relocalización de la producción de bienes agrarios, industriales y de servicios. Impulsar una publicidad que se limite a la información de los productos y no a la incitación permanente. Limitarse a las energías naturales, especialmente la solar… en fin, los resultados serían unos sistemas de vida bien diferentes a los que ahora conocemos. Pero hay que confiar porque también se superaron sistemas tan arraigados en su día como el esclavismo, el feudalismo, el mercantilismo… Nadie querría ir para atrás. Hay que mirar el futuro y, si logramos dar una buena respuesta a esta crisis, seguro que a las futuras generaciones les espera un porvenir mucho mejor que nuestro presente.
Poca gente sabe que eres de los pocos o el único que ha ganado una sentencia por tus demandas sobre la Objeción fiscal, ¿Qué te supuso y qué piensas hoy?Que el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya dictaminara por primera vez una sentencia quitándome la culpabilidad y eximiéndome de pagar las multas por mi objeción a que mi dinero vaya al ejército, es un pequeño paso que debería animar a muchos, pero la Objeción fiscal es algo político; porque la ética no puede ceñirse a la casuística y encerrarla en mi pequeño mundo. Desde luego que no quiero que el gobierno español siga destinando estas cifras inmorales en sus presupuestos para favorecer el crecimiento armamentístico, pero claro está que no lograremos avances significativos sin una movida muy fuerte de la ciudadanía.

Nuestro agradecimiento por compartir su sabiduría y terminamos con una última reflexión. Joan nos confesó que él quisiera ser como el buen samaritano que presta auxilio al desvalido, al extranjero, al sin papeles, o a los pequeños de este mundo, sin olvidar a los que sólo tienen fortunas materiales y sufren la miseria espiritual o la tiranía de la egolatría, que son –decía- los más pobres, y que todo ello requiere una humildad que no siempre lograba practicar con acierto. A mí, y a quienes le oímos la última vez en el Morche, me pareció lo contrario. Humildad, coherencia y fidelidad a sus principios no le faltan. Que Dios te bendiga, Joan.

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